Ellas

Entre lamentos él miraba el cielo y el firmamento oyó el clamor; escuchó los latidos descompensados del pecho y envió de las Perseidas estrellas fugaces en su socorro. Una, dos y hasta más de tres acudieron al conjuro, refulgentes, osadas y parpadeantes y, cada una, con su alma de misterio. La primera, la más  bella de todas, rayada por el dogma, firmaba con AMD, obedecía los preceptos eclesiásticos y pasó de largo buscando áureos  tálamos; no le interesó los descompensados latidos que escrutó. La segunda, no menos bella, buscando la seguridad que no encontró, se refugió en silencios obsesos y también con el tiempo se diluyó el amor. Más tarde, la tercera llego plagada de sonrisas, buscando afecto que tampoco encontró, solo le entregaron una libertad y seguridad como prenda de unos sentimientos que no comprendió y, sumida en la soledad de su heredad, sucumbió entre enredos del consumo y ahí la felicidad trotando escapa.
Cuando ya las estrellas fugaces dejan inapetentes los conjuros y liberan de las pasiones al sujeto de los clamores, ya tarde, se va comprendiendo lo que atrás se dejó y en ese trance, bajo la deliciosa sombra de silencios rotos por los jilgueros, lentamente fue concluyendo que el espíritu femenino caído del cielo estrellado se va consumiendo en su fecunda inseguridad, mientras desgarra la sana ironía de vivir feliz. 

  Calladas las cigarras y cuando la tarde se despide, cerraba el cuento de las risas que vierten lágrimas y nunca acaban de cruzar la distancia entre las sombras del sueño y  la luz del día; nadie podía llegar a una conclusión sin que ella no lo hubiera hecho con anterioridad; siempre tejía la vida de los otros desde su telar. Diluía su ser en un litro de agua y su poema pasaba a artículo que diluía en diez litros de agua y convertía en novela innecesaria, sin llegar a entender que revoloteamos como hojas en el viento y nadie sabe ni le importa donde caemos, ni sobre las aguas de qué rio vamos flotando. Y ello es consecuencia de que la Ciencia no quiere saber nada de la Nada; de ella venimos con ilusiones intactas para empapar la esponja con que lavar la vida de batallas cruentas y de antemano perdidas, una tras otra, hasta agotar la esencia que otorgo la Nada que da la vida.

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