El nuevo siglo


                        Hace años comenzó el siglo nuevo, siglo XXI y apareció la aurora con los quebrantos y exterminios, aunque plomizo el día por la pesadez de las luces del amanecer,  me hizo meditar, de lo primero que tomo conciencias es que el día trata de ser lunes, después que es enero y más tarde que se inicia el Año Nuevo; los pensamientos comienzan a agitarse como torrentes de agua turbia y se viene encima el nuevo milenio: lunes, Año Nuevo, se estrena siglo y milenio. Se reinicia todo, como si el Cosmos quisiera resetearse y nosotros con él, me pregunté: ¿Comenzará algo nuevo? Nunca creí en ello. La existencia es un continuo discreto y si se quiere cuántico, lo digo por aquello de “las sorpresas que da la vida”, aunque en realidad no son tales, en el fondo son efectos de situaciones no percibidas.    Del torbellino de pensamientos, sedimenta uno fantasmagórico que me llena de satisfacción: sentirme libre de endeudamientos con el “Todo”. Esto es, con la banca, que desde hace treinta y tres años me prestaba y desvalijaba para permitirme vivir algunos visos de lo que pretendía. Treinta y tres, también significa el final de Otro que en el ripio de la historia subió al Padre y descansó. Otro reloj de la vida que se puso a cero con consecuencias inconmensurables.
                        Ya disfrutaba con la liberación de los Bancos y pensé: ¿No me habré caído del caballo en una encrucijada de caminos? ¿Habré visto la luz?

                        Pasaron los años y llegó la prejubilación,  cayendo sobre el nuevo estado todo el peso de la protección social de nuestros mayores. Primero la estafa de los bienes tangibles que esquilmaron lo que se había ahorrado, después el engaño de las aportaciones de cuya factura no se hace cargo quien debiera. Finalmente, la puntilla de la crisis que ya  apuntaba con las primeras estafas y, aunque a  esta edad, lo económico es lo de menos, pues con cualquier cosa uno se avía. Pero en el crisol de esta etapa se cuece la existencia  que lentamente va derivando hacia la exclusión social y la desesperanza, sobre todo, cuando lo ves alrededor y al expandirse por  los entresijos de la sociedad, va afectando a las relaciones humanas que junto a la miseria y penuria desatan los desacuerdos guardados en el arca de la intimidad que facilita  la convivencia y con su deterioro, el soporte del país, lentamente, se va trasformando en un queso gruyer sin consistencia: la ética, las actitudes; hasta los sueños de amistad se resquebrajan. La desconfianza se va apoderando del sentir ciudadano, oscureciendo el futuro que transmuta en miedos vitales de consecuencias muy notorias e impredecibles y hoy los vivimos.

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