El tío del vinagre

     Entramos en el portal de la casa que hacía de tienda donde se apilaban rollos de cuerdas, sacos de cereales o pequeños barriles de carburo; los escobones y las albarcas colgaban del techo. Los toneles de roble que contenían el vinagre estaban anclados a la pared, y delante de ésta, un altísimo mostrador de nogal por el que asomaba la gorda cabeza del bajito y rechoncho Tío del Vinagre. Tan pronto nos vio entrar, nos dijo que nos pusiéramos a la vera de uno que quería probarse unas albarcas hechas de restos de ruedas de coche.

            Mientras esperábamos el turno, observamos atentos al hombre que estaba sentado sobre un saco de cebada y vestía unos pantalones de patén, descoloridos y remendados. Lucía en el antebrazo un brazalete negro, y el rostro, además de estar muy ajado por el sol, denotaba resignación. Desanudando las cuerdas se quitó los trozos de gomas con las lañas de metal reventadas; después desenredó unas ven-das de lienzo renegridas por la tierra y el sudor. Cuando destapó los dedos, entre el pulgar y el índice, del negro barro que los embadurnaban asomaron semillas de cereal totalmente germinadas. Con el dedo índice rebañó la masa maloliente y, cimbreando la mano, la lanzó a la calle. Relió en el pie los mismos trapos y se probó las albarcas. Cuando pagó al Tío del Vinagre, entregó por las compras un saco de garbanzos. Yo le pagué el real, y en un papel amarillento de estraza él me lió habilidosamente la achicoria. Sin dejar de mirarme, me preguntó si era hijo de la viuda. El Rubio y yo no dejamos de mirar al hombre que, con su burro, se alejaba lentamente calle abajo, mirándose los pies. 

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