La Dieta

Hay noticias de que en Siria las personas comen ya raíces y hojas de plantas que encuentran por los caminos de huída de la barbarie que les han organizado. Las crueles imágenes que nos llegan de los desventurados cuerpos dañan los ojos hasta nivelarlos con el alma constreñida, que también pretende escapar de esta humanidad que denosta y así ocurre, uno tras otro,  a cuantos tropiezan con esta realidad que comenzó en el “día de la ira” en un marzo de dos mil once por la represión de las manifestaciones antigubernamentales del 26 de enero anterior. Son más de doscientos mil muertos de Bashar Assad y aliados en casi mil ochocientos días que llevan de tragedia y me vino a la memoria imágenes extremas de la dieta que consumen.
 En la ciudad de Yamaga, abolido desde el siglo IXX por el gobierno Japonés – el sokushinbutsu -, buscaba la budeidad en tres mil seiscientos sesenta y cinco días, si  conseguían momificarse en vida y, para ello, depositaban en la posición del loto al interesado en el fondo de un pozo,  respirando por una caña de bambú. En los primeros mil días lo alimentaban con frutos secos y nuez moscada, en los mil siguientes con raíces, corteza de pico y té, venenoso, de urushi, para matar cuanto gusano le habitara y, cuando la campana de diario dejaba de sonar, sellaban el pozo y aguardaban otros mil días para abrirlo, ya la tumba, y si se había momificado la persona pasaba a los altares de budismo.
No pienso que los sirios de Madaya pretendan subir a los altares; más bien, me inclino a pensar que esperan lo que ya Calderón de la Barca nos propuso en su obra “La vida es sueño“

Cuentan de un sabio que un día
tan pobre y mísero estaba,
que sólo se sustentaba
de unas hierbas que cogía.
¿Habrá otro, entre sí decía,
más pobre y triste que yo?;
y cuando el rostro volvió
halló la respuesta, viendo
que otro sabio iba cogiendo
las hierbas que él arrojó.
Quejoso de mi fortuna
yo en este mundo vivía,
y cuando entre mí decía:
¿habrá otra persona alguna
de suerte más importuna?
Piadoso me has respondido.
Pues, volviendo a mi sentido,
hallo que las penas mías,
para hacerlas tú alegrías,
las hubieras recogido.



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