A la hora señalada por los relojes al unísono, comenzamos a saltar la tapia de uno en uno, con el mayor sigilo po­sible y, cuando el taxi arrancó, nos pareció que dejá­bamos atrás todo un futuro posible; la vigilancia era estrecha y cabía alguna posibilidad de que un inci­dente delatara nuestra ausencia. Aun así, la marcha del taxi parecía lenta para nuestro propósito de bai­lar, por encima de todo, con las amigas de Morera que nos esperaban en su casa.
            La puerta del piso se abrió y Morera nos recibió, como a compañeros escapados de un campo de concentración que él conocía bien, y nos hizo pasar al salón. Un calorcillo de bienestar nos invadió los sen­tidos, mientras las tenues luces indirectas dejaban intuir, entre sofás y espléndidos cojines dorados, las siluetas soñadas durante las noches de los prece­dentes días. El silencio producido hizo que nos mirásemos unos a otros, y cada cual evaluó sus posibilidades. El contraste entre la elegancia de los vestidos de ellas con nuestros deteriorados y malolientes uniformes de sarga gris era tan brusco, que intuí que nos echarían a la calle de inmediato. Pero no les importó. Sonaba con fuerza el tema What`d I Say, de Ray Charles y algunas de ellas se lanzaron a bailar, con un ritmo desmesurado y sensual, aquellas notas vibrantes y entrecortadas de unas vocales que se expandían sueltas y armoniosas por el ambiente de la sala, mientras nosotros las recogíamos como un deseo a conseguir. Las formas de la chica se escapa­ban de entre nuestros brazos como el agua de las palmas de las manos al enjuagarlas. Transpuestos por los sensuales sentimientos, volvíamos a recobrar la esperanza de tocarlas en la nueva repetición de la rima; y así, una y otra vez, hasta que sonó la hora de partida. Fueron dos horas intensas, durante las cuales se habilitó la posibilidad de alcanzar un cielo en la tierra del destierro: ellas, de militares fornidos y nosotros, de sutilezas femeninas.

            La operación de regreso fue un éxito y, sin incidente, nos sentamos en la capilla para la letanía del santo rosario que, en esta ocasión, se fue desgra­nando para varias vírgenes, jóvenes y bellas; su­pongo. Fue mi caso.

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