¿Qué amor?

Te sientes estúpidamente romántico y tomas el lápiz, el lápiz, con un sentir difuso raspea el papel. Mientras, la imaginación profundizaba en los recuerdos que la vida ha sedimentado en la memoria, no sabiendo bien si como realidad o ficción deseada; lo cierto es que se te antoja pensar que tanto el amor como la honradez  o cualquier otro “principio activo” para vivir están sujetos a los cambios que la experiencia dicta para modelar el ser que somos, cambios que te van ayudando a construir conceptos sobre belleza, gusto, empatía o el sexo; también del amor, la generosidad o el miedo y cuyo magma determina la argamasa de  quienes somos.
            Recuerdas cuando el padre te encerró en la cochinera por jugar en el portón a los médicos con las amiguillas de comba, descubriendo el sexo o cuando te castigó por olvidar en las paramos  la sillita azul de mimbre de tu hermano porque Isabelita te embriago con aquellos ojos azules que hacían juego con el vestido, descubriendo la belleza. En ese tiempo la conquista de la feminidad se traducía en destrozos de ventanas, puñetazos determinantes o secos saltos inimitables para los demás niños y mostrar así tus mejores cualidades. Aunque el rol del sexo está ya patente en la existencia, lo que en esa temprana edad verdaderamente remueve el ánimo para la conquista femenina, no es otra cosa, que la armonía de la belleza y debió tener su culmen en un vestido suelto, blanco y rayado de rojo que proponía en bordado sobre el pecho, J.L y el amor, desde este preciso momento, toma categoría de  nombre propio para trenzar con lo platónico; dura años, hasta que el ideal enlaza  las manos alargadas, suaves y delicadamente blancas que te hacen caminar decenas de kilómetros hasta encontrar la hospitalidad de su casa de verano donde renuncias para siempre del conejo con tomate. Desde entonces profesas amor al encanto que no siempre se materializa; comienzas a entender que sin la libertad con que ella se maneja no habrá  amor, y con estos parámetros de sexo, encanto y libertad que cada una de ellas fue aportado, caminas  arrastrándote por  las aguas revueltas de los sentimientos amorosos, hasta que la necesidad imperiosa de practicarlo empuja al error de tomar el remanso de la ley y el orden, donde la estabilidad que la mujer proporciona se va dilapidando y diluyendo en un anarquismo egocéntrico y el amor, ahora, rebaña en lo lúdico hasta extenuar la entrega que los egoísmos consumen y aniquilan, dando paso al último estertor del sentimiento que ya pudiera albergar los antídotos de las causas que fueran destrozando la sincera búsqueda del motor que inventas para vivir: belleza, empatía, entrega y libertad y este amor que en la virtualidad fermenta no será otro que el de otra mujer situada  al final de la esperanza, aguardando con la guadaña para llevarte al Cosmos del Amor sin respuesta, que incondicionalmente ella te profesa y entrega.

 AMOR
Sexo envuelto en negra esclavitud impuesta.
Romántico sentimiento de temprana herencia
Que perdido en el tiempo no da respuesta.
Centro de la existencia confusa y extraña,
balsa para la agreste e inevitable travesía,
que siempre está al final de la esperanza.
Cuando se da, pronto en el anhelo se esfuma
 y  la dulce felicidad, trotando, escapa.
 En la rueda de la vida da rápidas vueltas
esperando la fuerza centrípeta y misteriosa
que en tierra fértil lo deposite.
Sólo el sol radiante  y la humedad necesita
para germinar con ímpetu y tierna tesura.
¡Amor, amor¡
Meconio de vasto efecto, que transportas
a la  relajada placidez, sin saber por qué.
Y cuando consumes el fruto maduro de su flor
Disipa  la pétrea realidad y en la balsa

te arrulla para poder flotar y navegar.

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