Mi preceptor

     Cuando María, al salir, cerró la puerta de la calle, mi madre entró en la salita con la mirada perdida, enrojecida y envuelta en sus perennes ojeras azuladas. Mientras miraba a mi madre llenar la nueva maleta de rafia con la ropa recién planchada y la pluma Pelikan, mi pensamiento la iba completando con la carga más pesada: la injusticia de un sistema que, por su fortaleza, parecía pétreo; la sexualidad manipulada por el Nacional-Catolicismo; un amor hacia la patria falseado; y unas ilusiones que la Guardia Civil se encargaba de controlar. Pero lo que más me apesadumbraba era el miedo a emprender una nueva vida, envuelta en las tinieblas de un Régimen asesino y represor, que inducía horror en el psiquismo de los individuos, como un cuerpo extraño, y que se manifestaba y expresaba en el gesto, la mirada, la palabra; unas veces, como un síntoma físico y otras, como una huella anclada en el carácter de una personalidad debilitada por el padecimiento interno. Inconsciente, mi madre, del valor de cuanto guardaba, cerró la maleta de rafia y en ella cupieron los rescoldos de muchas hogueras, aún candentes, que algún día pudieran volver a flamear aunque solo sea en un poema:
   
  Mi  Preceptor

Golpe a golpe, tu timidez me embarga.
Hora a hora, tus leyes me aturullan.
Día a día, tu  mandato me intimida.
Siempre al alba, ya agotado, descanso.
Con saña me persigues
cuando respiro en el Guadarrama,
cuando camino por  los montes,
cuando beso a mi amada.
Hablo con el amigo y en su aliento
te respiro.
Escribo al hermano y en su respuesta
te percibo.
Cocino las viandas y, alimentándome,
enfermo.
Y si abrazo a mi madre,
siento su temor en el cuerpo,
porque ella me conoce y sabe
que tú,  Franco,  fuiste mi preceptor.
No soy yo, soy tú, que sólo  en la noche
de ti me evado.


Y cuando las sanguijuelas políticas reconozcan estos daños a los vivos, que no reparación ya imposible, aceptare cualquier tipo de pacto de gobierno. 

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