de Ambrósio


Desalmados

            “Yanté, yací, yoyeé “, placeres que la naturaleza humana nos da en determinados momentos del día; otro hubiese dicho simplemente: “después de comer dormí la siesta” y medité sobre el sofá arropado por la presidencia de un enorme cuadro que representa un mercado de ánimas africano que el negro Ambrósio, de Mozambique, pintó para mí hace ya algunos años y murió porque en su yoyeo alumbró la imposibilidad de yantar, yacer y yoyear con continuidad y sosiego, presionado y acosado por el cerco legalizado de la  inmigración, terminó rindiendose ante la maldita cuerda. La duermevela de este  rato estuvo empapada de sonidos guturales exactos y definidos que pretendían explicar, desde el plasma, algo sobre la naturaleza humana. Me pareció entender que el celebro toma la decisión algún segundo antes de que el consciente manifieste su deseo: resumiendo: el celebro toma la decisión antes de que el consciente valore lo que el celebro determina y este retrogrado descubrimiento parece justificar la antigualla  predestinación del hombre, tan superada en estos tiempos y puesta en  boga por la Cienciología que acompaña al Neo-liberalismo rampante.
            Cuando tomé el sorbo de café y desapareció la modorra, cuando nací de nuevo, me encontré con una naturaleza humana que en este yoyeo no reconocí. La ciencia de hoy, esa biología del ADN, de proteínas extrañas, de células madres que todo lo alcanza, parecía que destrozaran el libre albedrío que nos da el cetro de la naturaleza para reinar sobre ella. Con la percepción de que había desaparecido el mercado de ánimas africano, donde se trafica con sentimientos, razones y valores, representados en el lienzo por poliedros de reflejos expectantes, tuve la sensación de que Ambrósio se diluía en un contubernio entre Ciencia y Mercados financieros que está triturando la posibilidad de una esencia de un mundo equilibrado y humanizado para el beneficio de unos intereses espurios y desalmados.
            Apagué el cigarrillo y balbucí:” ¡a la conductora, a la conductora…¡”

Un rato antes, un amigo de facebook, me había dicho que su ánimo estaba por tirarse al autobús o a la conductora y le contesté; pero yo me alivie como hiciera mi abuelo: “¡Me cago en cristo el negro¡ “

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