Compañero, adiós

            Hace meses que no escribo, aunque las ideas llegan con nitidez, repetitivas  y desesperanzadoras; los argumentos también lo hacen, diáfanos y contundentes: incontestables, pero el pulso lánguido e inerte no retuerce la pluma con la fuerza necesaria para doblegar la hoja en blanco y pergeñar algo sinceramente alentador. Cuanto concibo es lo que otros perciben y publican, dando cuenta de una execrable realidad que nos quieren adjudicar los profusos informantes mediáticos y sólo la intuición me libra de cuanto dicen, por lo que mi realidad es más la de una España intuida que la de la profanada con lo que divulgan. Pero hoy, mientras realizaba unas compras necesarias, me atropelló la realidad tangible: alguien, con quien jugaba al dominó llamó mi atención y en los entresijos de las salutaciones  pregunté por mi compañero de juego: el Curry. Hacía tiempo que no tomábamos un café y lo había dejado superando una enfermedad indomable. Fungió el gesto y balbució: ha muerto. Hace unos meses que murió.
Treinta y tres años atrás conocí al Curry mientras rebuscaba piñones en una parcela de La Oromana y contábamos treinta y pocos jóvenes años; me construía la casa. Aquél hombre de pelo rizado, nariz destacada y ojeras prominentes levantó la cabeza y con voz aguardentosa masculló: esperamos el material. Su naturalidad me llamó la atención y con el tiempo comprendí que se debía a su preclara inteligencia, que adornaba una vida sencilla repleta de lúcidas decisiones y generosidad, desbrozaba con agilidad lo superfluo de lo sustancial y cuanto decía venía acompañado de una luz propia que rallaba en  proverbio y, me temo, que con esta luminosidad se fue.
La última vez que lo vi fue en el ambulatorio mientras yo guardaba cola. Él, ya con la salud deteriorada, se la saltó mientras decía: soy perro viejo, y se reía. No dudo de que fuese un perro viejo, pero con pedigrí de fidelidad a la amistad.
Después de que terminara su trabajo en la Oromana, desaparecimos el uno del otro, y sólo tres décadas después volvimos a reconocernos en el Negro, donde esperábamos turno para el dominó, jugamos juntos y perdimos, y en estos últimos años hemos disfrutado de una amistad sin complejos, aunque me abroncara con dulzura y respeto durante el juego y le añoro en su paz.
Se fue sin saber que aquél recuerdo de la Oromana fue parte de la motivación de que yo, hoy, sea vecino de Mairena del Alcor
Y, antes de que anocheciese, llegué a un lugar que está a cuatro leguas de Sevilla.












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