El desahucio




   Otro desahucio

Pasó que un día mi vecino se tomó unas copas, y  confesó que tenía una hipoteca para ayudar a su hijo, con la que a duras penas cumplía. Pero el pobre hijo, jugaba y perdía, también consumía drogas y, cuando podía, jodía a su prójimo con insultos y agresiones. Era un ser, según se decía, muy competitivo y dinámico: una joya de la creación.
Mi vecino andaba muy compungido y blasfemaba por su mala suerte, llegó a llorar sobre mi hombro y como no sabía consolarle mire a mí alrededor para ver si las imágenes del trajín de la calle me daban alguna idea para platicar y, así, aliviar su pesadumbre.
Tras los cristales, repletos de anuncios de hamburguesas, vislumbré a un clérigo que departía con una familia y súpose que con el hijo de la pareja. El cura daba palmaditas al niño en la espalda y con el pulgar e índice sobaba el lóbulo de la oreja al infante con una mirada, que noté, perdida y lasciva. Ello, me ilumino y le dije al amigo: << No te preocupes, hoy en día, todos tenemos una hipoteca que nunca resolverá nuestras aspiraciones. Pues, si los pisos bajan de precio, subirán los intereses y si bajan los rendimientos bancarios, subirán el valor de los inmuebles.
 Cada época tiene un paradigma distinto, pero con un denominador común que consiste en conseguir que los individuos trabajen para el Capital durante toda su vida. Hasta Dios, se apunta al requisito. Bien sabes, entregó la carne y la sangre de su propio hijo a los de siempre, esperando redimir del pecado al género humano para llevarlo a la felicidad eterna del cielo. Se hipotecó. Hace de esto veintiún siglos y aún no lo ha conseguido, pues mucha gente sigue siendo pederasta, asesino, ladrón y maldiciente. Entre tanto, hacen obras de caridad para evitar que se exija justicia, practican la fe para invitar a no pensar y, en todo caso, claman por la esperanza para que nada cambie. Qué sutileza la de los administradores de la hipoteca de Dios: los Papas, que practican  principios de fe, esperanza y caridad, que  potencian y estiran la hipoteca de Dios: la Redención,  para ellos vivir en un olimpo dorado. Dios, aceptó una hipoteca que nunca se cancelará porque la maldad en forma de injusticia aun anda esparcida por el mundo y, es más: en la revolución que implementó: la religión, subyacen esas  mismas reglas, para que el estado de las cosas esté eternamente vigente.
            ¡Ya sabes, nada es perfecto! Solo que de ti depende un hombre: tu hijo, y de Dios todos los demás, alguna ventaja tienes y no debes de preocuparte: tienes bastante más  suerte que el dios que inventaste, pues el gestor de la hipoteca divina ha tenido que ser desahuciado de su reino romano por no poder alcanzar la Redención del hombre en los siglos que ya lleva pagando: aún se celebra y protege a los pederastas, a los ladrones, los asesinos,  los mentirosos maldicientes y a los vengadores, la deuda aun no se ha compesado. Un instante después de decir esto, el vecino, entre sollozos esbozó  una sonrisa intermitente y miro mis ojos que también estaban humedecidos y dando una palmada en su hombro le espeté: Celebremos un año menos de hipoteca divina: ¡Danos más  caña! dije al Camarlengo.

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