El Pórtico de la Herradura


Me gusto el pórtico que simulaba el Cosmos y me acerque hasta el ternero atado al aldabón que como un dragón de Vvaraak guardaba el acceso a los placeres del Edén que supuse en su interior. Cada vez que tiraba de la cuerda para retirar al ternero del portón un sentimiento distinto me embargaba y el obcecado animal de jade más tensaba la cuerda impidiendo el paso. Intuí que algún enigma habría de resolver para que el frágil ternero dejara el paso franco. Le miré a los ojos y la gracia de su feminidad me enterneció. Con una suavidad que nunca antes había experimentado, acaricié su testuz y el  occipital; el ternero lentamente se fue tumbando y la cuerda perdió su tirantez. El portón se abrió de par en par y comencé a recorrer con la mirada los azules difuminados sobre las claveteadas puertas, hasta llegar a los añiles  que se perdían bajo la arabesca arcada blanca de armónicas filigranas; sobre ella, se sostenían los amarillos ardientes de las llamaradas solares haciendo resaltar, en perfecto relieve, aquel Cosmos que me iluminó. Solté las compras sobres las mensúlas laterales de la entrada y, con el firmamento encendido, penetre en el jardín de las huríes envuelto en aromas de jazmín y rumores de presajios hanzios. Al fondo estaban ellas más radiantes que nunca en mi imaginación estuvieran y el cancerbero de frágil jade se levanto tensando de nuevo la cuerda para sellar el acceso al inusitado Eden. 

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