De vacaciones en Caín

Desde la profundidad de las tonalidades verdes, entre robledales y hayedos salpicados de madroños y avellanos surgían, armónicos y resplandecientes, los blancos Picos de Europa; donde la naturaleza, en armonía insuperable, soporta todos los matices cromáticos, desde los misteriosos verdes de la esperanza hasta la brillantez de lo sencillo y diáfano de los azulados blancos de las nieves perpetuas y el paisaje de contrastes maravillosos se incrusta en el sentimiento con el pavor de lo inconmensurable, pero la curiosidad por lo desconocido pudo con la pesadumbre del animo y el dedo de uno de los viajeros alentado por el compañero se posó sobre Caín, un lugar casi despreciable por su tamaño del abigarrado mapa de Cantabria. El destino se puso en marcha y el coche arrancó en dirección al pueblo seleccionado. Mientras el trabajo del conductor se amontonaba por lo intrincado de la orografía, para soportar el tedio de la marcha la inane conversación recayó sobre el estigma de Caín. Ahora se mencionaba a Abel, mas tarde el plato de lentejas y la progenitura de la heredad y otrora, la quijada del burro con la que Caín asesino al hermano. A medida que se aproximaban las cumbres y el horizonte se expandía, también los diálogos se aproximaban más a lo abstracto y el drama entre hermanos alcanzó categoría mítica; los viajeros llegaron a afirmar que esta desdicha era mas relevante, para el ser humano, que el espelúznate mito de Sísifo donde la pesadumbre gravita sobre la espalda del ser, mientras que la de Caín lo hacia sobre la conciencia y se proyecta en la convivencia y la política, pues la ambición de la primogenitura para doblegar al hermano corre, sin limite, en el neoliberalismo de la Globalización y particularmente en Europa que se corrompe en sus propias entrañas por el ardor de las decisiones neoliberales que toman las Instituciones. El coche con esforzado ronroneo superó la última rampa que desemboca entre tres casas de rocas doloridas por la escasez de argamasa; dejaban entre sí, a modo de placita, sitio suficiente para aparcar el vehiculo, el resto del espacio que configuraban las restantes viviendas era peligroso por su pronunciada inclinación y estrechez.
Para compensar el acongojado ánimo y con la seguridad que proporcionaba la pequeña explanada, los viajeros aspiraron en una ansiosa determinación el fresco y reconfortante aire de la montaña y fue en ese preciso momento en el que el abrupto paisaje penetró verdaderamente en los sentimientos y la realidad del lugar ocupó por completo a los visitantes.
En la casa de enfrente, a la entrada de un soportal, un hombre de edad ya madura y torrado por el duro clima, con  huesudas y pronunciadas manos manejaba con presteza extrañas gurbias y vaciaba con precisión la madera interior de lo que instantes después sería un zueco para andar en tiempos de deshielo y de los travesaños del techo ya pendían algunos pares. Después de remirar la perfección de su obra el artesano saco de una faltrilquera la petaca para liar un cigarrillo y celebrar el trabajo culminado. El mayor de los viajeros, no pudiendo reprimir el deseo de liar y fumar uno, se lo hizo saber al viejo que con gusto compartió el papel de liar y el tabaco; chiscando la mecha para encender el cigarro,  le invito a sentarse en el rudo banco de madera que usaba para tal menester.
¿De donde sois? Y los viajeros, al unísono, contestaron de Sevilla. El viejo que derramaba el humo por los entresijos de las mellas por un instante pareció aterrado y, tras un silencio prometedor, sentenció: también soy de allí. Entre bocanada y bocanada de humo fue desgranando una verdadera historia de separación entre hermanos ocasionada por una guerra civil grotesca donde se redimia una sempiterna primogenitura para monarquías inextinguibles, hurtada por una democracia republicana que no soportaban los militares monárquicos. Hicieron unas fotos al viejo para llevar al hermano, que desde el año 1937 no veía, y regentaba un bar en el pueblo de Alcalá de Guadaíra.
De regreso y, con mayor precaución, para controlar la inercia que provocaba los descensos, fueron  deshaciendo las continuadas rampas camino de la oscuridad de los profundos valles de Cantabria. Los horizontes se estrechaban y  la conversación proponía más silencios de meditación que albricias de viaje. La quijada, ya era máuser. Las lentejas:  ahorros para la senilidad y el asesinato de Abel: el futuro sortilegio de la  rapiña neoliberal qué, como la foto que hicieran que nunca llego a su destinatario, el sortilegio tan poco llegará a albricia por que la Humanidad no tendrá, como la Naturaleza, la cualidad de soportar todos los matices que la integran y de seguro que alguno sobra: El cainismo
Fecha: 21 de agosto 2012.

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