El tiempo entre costuras. Por María Dueñas

Mi casa, casa de costureras y zapateros y siempre en tiempos de posguerras y de crueles vientos. Me predispuso para leer: El tiempo entre costuras. Con una redacción correcta y propia para la lectura rápida, lleva con habilidad la zanahoria de la trama, pero deja atrás el dolor de la vida. Deja atrás, el ambiente de los doce batallones de trabajos forzados de Tetuán, de los fusilados en el levantamiento de los traidores y del campo de concentración; aunque proclive a la anglofobia contraria al Régimen, no es una novela que haga reflexionar a los burgueses del daño que hicieron al pueblo, es una novela planeta que nunca llegará a galaxia.
            Recuerda que se cosía en sillas de enea de patas recortadas con jaboncillos y sobre tabla con la oquedad semicircular para albergar el abdomen. Olvida, sin embargo, la incomodidad de la postura para laborar los vestidos que causan graves dolencias de tendinitis, recibiendo a cambio de soportar caprichos y, a veces, humillaciones: un huevo, pan y unos reales como salario. Desde luego las costureras de la época no eran ricas por heredad como las de la trama, ni espías anglófilas de disipada vida con concomitancia con Jefes Militares de alto rango, otro día Ministro de Exteriores, Aunque se llamara J.L Beigberde y fuera denostado por el Cuñadísimo, Serrano Suñer. Para mí el titulo de la novela sobra. Lo que tragó la profesión de costurera a “domicilio” que era lo habitual; no está, ni por asomo, ni tan poco la traición a La República, en este dulce pastelito de novela de posguerra. Lo siento, es lo que he visto.

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