Viva la República

            Guardando la espalda del Monte Calvario, la sie­rra Tiñosa, siempre altiva y agreste, está embelleciendo el majestuoso vuelo de los buitres leona­dos y en el invierno, a veces, se engalana con un espléndido manto de armiño blanco, para acompa­ñar con su presencia los grandes festejos de las gentes que la habitan. En esta ocasión, lo hacía para festejar la despedida de la monarquía y cele­brar la aprobación de la nueva Constitución Republicana presidida por el que naciera en 1877, en la dieciochesca calle del Río: don Niceto Alcalá-Za­mora.

            En la escuela, tras el cristal de los ventanales, Ma­nolo que, por causa de la úlcera de estómago, estaba con permiso militar en el pueblo, esperaba la salida de los antiguos compañeros, y ocupaba el tiempo de espera en observar al maestro impartir todo lo que su magisterio sabía a los mozalbetes que, después de la dura jornada de trabajo en el ta­ller o en el campo, todavía tenían energía como para aprehender lo que explicaba. En la pizarra, las cuatro reglas aritméticas; en los ma­pas, las provincias de España; y en los textos, la dicción y reglas de la lengua. Pero aquel día la clase versó sobre la política y su significado cívico. El maestro habló de la obligación que se tiene de participar en la construcción del tejido social, para lo cual era necesario contrastar democráticamente los ideales que sobre la sociedad se tuviera. En particular, del sentido de la justicia que debía fo­mentar la equiparación de todos ante la ley. Habló también de la necesaria igualdad de oportunidades para acceder a la cultura, al trabajo y a la salud; machaconamente enfatizó sobre el respeto a los derechos humanos y antepuso a toda conducta, la honradez —que todo lo legítima— y la coherencia con uno mismo, proporcionando serenidad ante las muchas incongruencias que presenta la vida. Puso de ejemplo a don Niceto y preguntó a los doctorcitos:
            —¿Por qué circunscripción salió diputado don Niceto?
            Antoñico Rito, frotándose las manazas y titubeante, respondió:
            —Por Jaén.
            —No, por Jaén, no —replicó el maestro—. Tú, ¿qué dices? —preguntó al de los sabañones supu­rantes.
            —¡Por la Carolina! —respondió con firmeza.
            —De acuerdo. ¿Ustedes saben qué Ley de leyes se ha aprobado esta mañana en las Cortes?
            Todos corearon a la vez con rápida intuición:
            —¡La Constitución, la Constitución!
            —Cierto, cierto, y que Dios le dé luz y fortuna a don Niceto para guiar los destinos de España con esta nueva Ley de leyes, pues como orador y par­lamentario no hay quien le gane. Pueden ustedes salir.
            Salieron en tropel: los monárquicos de José Tomás Valverde y de Cruz Conde por un lado, y los seguidores de don Niceto, junto con los socialistas, por otro. Estos últimos, alborozados, querían ir al Centro Popular para manifestar y celebrar el acontecimiento.
            Manolo propuso a Antoñico pasar antes por casa del republicano Eulogio Gómez, donde trabajó du­rante algún tiempo de talabartero. Antoñico, que sólo por su corpulencia imponía respeto, indicando la dirección de la calle Carrera de las Monjas, con voz potente y decidida sugirió:
            —Vamos para el centro, pero haremos una pa­rada en casa de la novia de Manolo.
            Manolo, molesto por lo que su amigo había co­mentado, le reprendió en voz baja.
            —Antoñico, tú sabes que en casa de mi jefe no quieren que tenga relaciones con su hija Rocío. ¿Para qué dices esa mentira?
            —No seas tonto. Rocío está por ti. Lo que pasa es que lo de talabartero remendón no tiene porve­nir. Con uno como Eulogio ya tienen bastante en esa familia. Piensa lo que te digo. Ahora luces relu­cientes galones de militar; no dejes pasar la oca­sión.
            El grupo de compañeros anduvo por una calle amplia, con casas de gente de derechas, dominada por el ambiente que daba el trajín del Casino de los Señores, y al que las mujeres procuraban esquivar cuando iban a hacer la plaza. En esas fechas, las volutas de humos grises y espesos parecían envol­ver la hora solitaria y triste de las ánimas; les acompañaba el olor de la cebolla cocida, que más tarde se mezclaría con la sangre de los cerdos para fabricar la morcilla. No eran buenos augurios para el gobierno del Botas, como llamaban a don Ni­ceto. El Paseíllo, plaza aledaña a las Casas Consis­toriales, estaba húmedo y recubierto de escarcha resbaladiza, donde los enormes plátanos inverna­ban como no queriendo participar de tan singular día del republicanismo, que para siempre dis­tinguiría a mi pueblo de los del resto de España. Al­gunas gentes cruzaban el entristecido y melancó­lico Paseíllo, camino de la Alcaldía. Unos, envuel­tos en sus confortables capas españolas, y otros, en fríos trajes de patén gris que, para abrigarse, enrosca­ban a su garganta una ancha bufanda de lana y cu­brían la cabeza con una boina negra. Casi todos volvieron la cabeza para mirar al grupo de gozosos mozalbetes que pasaban con cuidado por la acera escarchada. Se miraron entre sí y, de repente, Manolo gritó:
            —¡Viva la República!
            El vaho que soltó al abrir la boca quedó en sus­penso, prisionero de la tensión que se creara en el yerto ambiente. Uno de los de la capa, con exagerados gestos, ordenó al municipal que estaba de guardia que disolviera tal marcha triunfal. Antoñico echó a co­rrer a la vez que, con media voz, proponía ir a casa de Alcaparrón. Todos le siguieron en la carrera, que duró tan poco como el caso que hizo el municipal al de la capa.
            Tranquilos, porque el municipal no les había se­guido, entraron en la taberna para quitarse las ti­riteras que traían metidas en el cuerpo, por culpa del frío y del susto que les dio el de la capa espa­ñola, y pidieron un chato de vino de los que Alcaparrón servía en vasos rechonchos de espeso culo de cris­tal. La taberna la constituían tres dependencias que, a la vez que se estrechaban, descendían hasta desembocar, por un destartalado cierre, a un dimi­nuto patio repleto de reclamos de perdiz. Era un bar donde la mayoría de las veces sólo se hablaba de perros, de liria para colorines y de escopetas. Pero, en esta ocasión, sus averrugadas paredes es­cucharon, sin sonrojarse, lo que los mozos discutían apasionadamente.
            Se sentaron con sus pesados vasos alrededor de una mesa camilla sin enaguas; en el interior ardía un brasero de picón enrojecido, al cual, de vez en cuando, se le echaba un puñado de granos de alhucema para embriagar aún más el ambiente. Cuando uno de ellos desenroscó la bufanda, des­cubrió una boca maltrecha por las caries y dejó ver unas orejas amoratadas y supurantes por los saba­ñones. Interrumpió con su aliento el tufo que des­prendía el brasero:
            —Manolo, por poco nos metes en otro lío. Ya se te ha olvidado que el cacique de Valverde nos me­tió quince días en la cárcel por gritar «¡viva Alcalá-Zamora!» Menos mal que los valverdistas han per­dido todas las canonjías e influencias del Gobierno para seguir haciendo sus tropelías. ¡Mira cómo han dejado el pueblo!, esquilmado de plata y patas arriba. Ahora, las trifulcas las proporcionamos en­tre nosotros, aunque estemos de acuerdo en el gobierno municipal.
            —También es necesario que se enteren de que hay mucha gente a favor de la República y de un gobierno del pueblo para el pueblo. Que se enteren de que no pueden hacer lo que les venga en gana —respondió Manuel.
            Antoñico, dando un golpe a Manuel en la es­palda que sonó como un tambor, le espetó:
            —Está bien lo que has dicho Manolo, yo tam­poco entiendo lo de la “Gracia de Dios” en ningún asunto. Mucho menos en el de la Monarquía. Pa­rece que los reyes sean legítimos hijos, sobrinos o nietos de Él. ¿Y los demás, qué? ¿bastardos?
            Un cuarto muchacho entró en la conversación y, como el que no dice nada, dejó caer:
            —Ahora los nicetistas siguen ignorando a los trabajadores socialistas para las listas de colocación del Ayuntamiento. Lo que hay que hacer es dejarse de tonterías y cambiar el reparto del pastel, porque a nosotros lo único que nos ha tocado es hambre y albarcas para los pies.
            Manolo, que no había probado el vino, le pasó el vaso al del pastel, a la vez que le contestaba:
            —Esto no hay quien lo cambie. Mejor es apren­der cuanto podamos, conseguir un buen puesto de trabajo y, desde ahí, procurar el cambio y un mejor reparto. Tampoco me gustan las albarcas. —Para mediar y apaciguar la discusión que se veía venir, continuó diciendo—, creo que los concejales repu­blicanos y socialistas se han puesto de acuerdo para crear una bolsa de trabajo para todos.
            Des­pués quedó pensativo, con la mirada en suspenso. Sin duda pensaba en lo que anteriormente le había dicho Antoñico acerca de su novia. Dando el último sorbo al chato de vino, ya de pie, Antoñico preguntó:
            —¿Te va bien en el Ejército?
            —Sí, he decidido quedarme definitivamente. Estoy harto de llevar y traer cinchas.
            Los demás callaron; meditaban lo que decía Ma­nuel y, Antoñico, más espontáneo, contestó:
            —No es mala idea para papear. Antes el Ejército que el Seminario. Es muy desagradable ir temprano a coger aceitunas para luego pasar hambre. La Co­misión del Jurado Mixto de Trabajo ha dictami­nado un sueldo máximo de cuatro con setenta y cinco pesetas y dicen los propietarios que ese jor­nal es insoportable. No tienen vergüenza.
            Dándose palmadas en el hombro, salieron de casa de Alcaparrón, no sin antes gritar:
            —¡Viva la República!

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