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| Fotografía de J. Luis Hidalgo |
La trilla
El cansancio
del día ocasionaba largos silencios y sólo el rumor de las hojas de los olivos
se hacía oír, cuando la brisa de la tarde azotaba el campo. Las nubecillas
ocultaban de vez en cuando a la luna menguante y al lucero del alba que la
acompaña. Envuelto en la manta, contemplé el firmamento durante toda la noche y
sólo a ratos dormitaba. Los demás luceros y el camino de Santiago, junto a las
constelaciones de las osas, parecían fulgurar por última vez, y el cielo
adquiría una profundidad que hacía intuir un infinito inobservable y
maravilloso. José yacía roncando a mi lado, y con la manta cuartelera se había enroscó a la escopeta de dos cañones. Su compañía me llenaba de
confianza y los temores que llegaban del firmamento sólo me ocasionaban un
placer extraño.
Las
bestias, cansadas de tirar del trillo, babeaban espuma y, en las últimas
vueltas, el grano asomó tímidamente de entre la paja. Yo, de pie y agarrado a
la cintura de José, sentía el temblor de la circular carrera en mi aturdido
cerebro y, embriagado, pedí más velocidad. Los sacos de trigo se iban llenando
con la fanega, los celemines y los cuartillos. José, mojando la punta del lápiz
con la lengua teñida de azul, apuntaba la cantidad en un papel de estraza
amarillo.
—¡A
la paz de Dios!
Esto
sonó como un trallazo y todos cesamos nuestras faenas: José dejó de arrastrar
sacos, el Zambo soltó el escobón, María salió de la casa y la vieja paró de
quitar chinchorros al perro, a mi madre se le cayó al suelo la aguja de croché
y yo solté las tomizas con las que ataba los sacos. Todas las miradas se
dirigieron al camino donde comienza la era. A media voz, a José se le escapó el
saludo:
—Buenas
tardes.
Una
pareja de la Guardia
Civil, como siameses, con el tricornio asentado en la cabeza
hasta la sien, y los avisperos al
hombro apuntando al cielo, introducían el dedo pulgar entre la correa del
subfusil y la axila y, sobre el brazo libre, colgaba un pesado capote; los
últimos rayos de sol acordonaban con aura dorada toda la obediencia
incondicional que les habían inculcado. Anduvieron unos pasos y sus rostros
impenetrables comenzaron a distinguirse:
—Tú,
larguirucho, saca unas sillas y el botijo, que vamos a descansar un rato —exigió
uno, y se sentó en el muro que separa la era del olivar.
El
otro se acomodó en la silla, cerca de la puerta y, mientras contaba unas balas,
interrogó:
—Tú
te llamas José y tu mujer María, ¿es así?
—Sí
señor. Para servir en lo que guste.
—Y
eres de Moclín, ¿verdad?
A
José se le puso la cara del color de la cera y observé cómo le temblaban las
manos. Mi madre se levantó de la silla y me tomó de su mano que también le
temblaba. El guardia que estaba sentado sobre el muro y no se perdía un detalle,
montó el arma y la acarició sobre su regazo, como una madre hace con el hijo.
—Sí,
somos de Moclín.
—Y
tienes un hermano que desapareció al final de la guerra, ¿no?
—Sí
—contestó José a secas.
El guardia
terminó de contar los cinco cartuchos y, con parsimonia, los iba introduciendo
en el cargador:
—¿Te
acuerdas de un vecino tuyo que respondía por Fito? ¿Cuánto tiempo hace que no
lo ves? —concluyó de meter las balas y se puso en pie.
María
agarró del brazo a José y se quedó a su lado totalmente intimidada; él, tras
poner la mano sobre el hombro de María:
—Tenía
más o menos catorce años la última vez que lo vi. Me dirigía a la feria con mi
padre.
María,
haciendo pucheros, se aferró a José fuertemente; temía por un fatal desenlace.
El guardia, de un tirón, la apartó de él, y alzó la cabeza para mirar a José a
los ojos:
—¡Responderás
ante la autoridad competente por el asesinato de Fito! —y le cerró las esposas.
La
vieja, mi madre y María lloraban y yo, indignado, ayudaba al Zambo a recoger
los enseres de la trilla. Por el camino que parte de la era perdimos de vista a
José, escoltado por dos seres tan simétricos que hasta sus capas se mecían al unisono.